Desafíos pasados, presentes y futuros


Cuando en su día buscaba un nombre a este blog allá por la primavera del 2006, no pensaba que fuese a tener tanta repercusión en los tiempos que corren. Es decir, la sombra del tiempo se puso por el ánimo y por lo paradójico que me resulta el concepto del tiempo en sí, tanto desde el punto de vista físico, como psicológico, e incluso, ahora mismo, me atrevo a decir que periodístico por la velocidad a la que se mueven las informaciones, y lo apasionante y desafiante que es al mismo tiempo.

Sin embargo, este mismo título en pleno 2012 me sugiere muchas más cosas que en 2006, tal vez porque en este mismo año y aunque la crisis estaba inflándose a marchas forzadas, yo desconocía este hecho. Ciudadanos y ciudadanas del mundo no éramos ni fuimos conscientes de la que se avecinaba hasta que llegó como un tifón que despierta con su furia y provoca daños irreparables a veces durante décadas. Ahora, cuatro años después del estallido de una infinidad de burbujas y de acontecimientos centrados en el horror, sufrimiento y en el engendramiento del miedo, la sombra del tiempo me toca de lleno como parafraseando uno de esos momentos, en los que una especie de tela gris se ha posado sobre ciertas capas de la sociedad, a la espera de que títeres al servicio de un algo que ni ellos mismos saben que es, les ayude a alcanzar el “nirvana o el satori de la felicidad”.  Como podrán comprender estoy hablando en plan irónico, ya que es sabido por todos que éstos personajillos debiesen saberse al dedillo la ética y los escrúpulos con los que se debe trabajar, pero su ideología, la del “Fausto del dólar”, les ha embelesado por encima de sus posibilidades y su cerrazón les ha llevado a esclavizar a una parte del planeta.

Allí a lo lejos se quedaron supuestamente los tiempos de los patricios y los plebeyos, no obstante, el pasado siempre está presente, en cada rincón y ahora, los juegos de tronos se están ubicando en lugares cuyos cimientos y estructuras tan importantes como la sanidad y la educación fueron edificadas sobre unas bases ya de por si distorsionadas y clientelistas. Nos sirve de ejemplo la frase tan conocida por todos y especialmente por los arquitectos, constructores e incluso albañiles,  “no se puede comenzar la casa por el tejado”.

 Ahora todos nos lamentamos e incluso los políticos de los países como España, ¿de qué se lamentan? Me hace reír eso de la herencia recibida, porque me gustaría decirles, -recibida, ¿desde cuándo?- En un país donde ya Unamuno afincó su frase, “que inventen otros” queda muy claro, y Unamuno no es del Gabinete de Zapatero, creo yo, aunque es cierto que también podría haberlo sido, esto viene de mucho antes, antes de que yo naciese, antes de la toma de Franco del poder… (No quiero dar más pistas que luego me tachan de algo… Y ya no hablemos de las “20 españas” en las que está dividida España, que si nos ponemos a contar realmente parece que cada autonomía es el ombligo del mundo, y por suerte, el mundo es lo suficientemente grande y variopinto como para pensar que estamos solos. De todos modos y si tan listos nos creemos, ¿por qué no arreglamos nuestros asuntos como buenos gestores?, que va, tenemos que llamar al país teutón para que vengan a decirnos unos señores de oscuro, cómo tenemos que gestionar el tiempo de los que levantan el país cada día con su trabajo,  a base de robarles cada día una porción de la poca miga de pan que les queda. ¡La sinvergüenza de la sinrazón! Esto es todo, amigos.

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Llamando a los filósofos…


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En estos momentos estamos afincados en una auténtica depresión en todos sus frentes: económico, cultural, social e incluso uno muy grave que en tiempos de crisis se infravalora: el ambiental. Es justo en estos momentos en dónde aquellos pensadores que llaman filósofos podrían dar luz a algunas de las cuestiones que tienen en vela a la humanidad, entre otras cuestiones, algunas de las que son cruciales y que deben plantearse son a mi modo de ver: ¿por qué la historia se repite?, ¿qué tipo de somnífero han utilizado esta vez los políticos para adormecernos y mantenernos dormidos durante el día y en vela por la noche?  Si Nietzsche levantase la cabeza tendría que cambiar algo su teoría o tal vez los filósofos tendrían que renovar una vez más su hermenéutica entorno a la obra de este filósofo y preguntarse, ¿por qué el más débil, el flaco de mente, el listillo, tal vez el que se conoce como el pícaro español se ha hecho con las riendas de la humanidad? ¿Cómo justificar tal atentado? ¿Son éstos los más aptos en el sentido darwiniano de la palabra? Es ahora cuando los filósofos contemporáneos necesitan despertar a los pueblos, a las naciones, a los países, a los continentes para no caer en viejos populismos y en guerras suicidas.

La cultura del esfuerzo  debería ser el pilar de un pueblo, de una nación y lo primero de todo, del hogar. Es tiempo de hacer frente a nuestras sombras. Al fantasma que ahora recorre de nuevo Europa y al mundo entero. Cada parte de él tiene parches que reparar…

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Lo que se esconde: INSIDE JOB


Nunca se había producido un acontecimiento como este. El mundo es un pañuelo en el que llegar de una parte a otra del planeta puede durar menos de un suspiro. Sin embargo, el ser humano sigue sin valorar este hecho, lo que hace años era ciencia ficción. Ahora estamos sumergidos en una crisis sin precedentes. Se nos vendía que los pobres podríamos ser ricos, pero ¿a costa de qué? De endeudarnos hasta la médula. Coches, casas, jardines zen, clases de baile, salones de maquillajes, la joya de la corona y ahora, ¿qué nos queda? El sabor de lo irremediable. Bancos que se han hecho ricos a costa de sus mentiras y un montón de aparato burocrático a su servicio. Jueces que no tosen a sus superiores, los mismos que llenan sus bolsillos y camelan sus oídos con paraísos futuros. ¿Estamos ante el surgimiento de una nueva religión?
La carencia de una buena educación y de una filosofía de vida que no tiene que ser necesariamente la de una religión nos hace tontos, insulsos y lo peor de todo ignorantes. ¿Qué nos pasa? Por favor, ¡¡¡DESPIERTEN!!! La felicidad no está en acumular todo lo acumulable, sino en nuestra capacidad para poder disfrutar y utilizar lo que tenemos en nuestras manos y la vida no es tan larga como para embargarla o dedicársela a alguien porque se cree superior a los demás. Si cada uno se ocupase de sus asuntos, nada de esto hubiera pasado. Les recomiendo este documental que no tiene desperdicio, y da muchas pistas, sencillas y muy importantes para entender en qué momento nos encontramos, y quienes son realmente los que mantienen el mundo pendido en un hilo.

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El gobierno de los títeres sin cabeza


Es cierto que cuando alguien tiene poco que decir, o más bien nada que aportar, el silencio es la mejor solución a este conflicto interno con uno mismo. Últimamente algunas de las personas que se paraban a indagar por si hubiese algo de nuevo en este blog, me preguntaban, -¿por qué has dejado de escribir?- y lo peor de todo, no tengo respuesta.

Lo cierto es que estoy de nuevo aquí, para escribir, describir o argumentar lo que da de si el tiempo. Tiempo que pone a cada uno en su lugar y a muchos en el lugar del tiempo de otros. Quiero decir, estamos viviendo una época sin precedentes, más que nada porque no hay nunca un tiempo presente al que le haya precedido otro igual, con esto quiero decir, que si se sigue pensando que la historia se repite, sí, pero no la misma. Además lo peor de todo es que es la misma pero empeorada.

Y esto es así porque damos medallas a quienes ya gozan de copas, trofeos, bienes inmuebles… Pero que por el contrario padecen un estado de infelicidad insaciable… y es que ejemplos no faltan. Entre escarnios amorosos, noches de subidón, justificación “macarrónica” de abusos a menores. ¿Qué es esto? Si Darwin levantase la cabeza creo que redefiniría su teoría de la ley del más fuerte para poner la del más inepto. ¿Por qué sobreviven los ineptos? Pues la respuesta la tenemos cada uno de nosotros. Hay miedo a vivir. Miedo a luchar por nosotros mismos y miedo a ser coherentes y que nuestra coherencia no se acompañe de la del rebaño.

Todos miramos a los bancos, a Grecia, a Estados Unidos y nos olvidamos de mirarnos a nosotros como sujetos activos. Llevamos años viendo pasar la vida, no haciendo que la vida pase por nosotros. Se critica desde cafés y se discute en repetitivas aulas de colegio y de universidad centradas en atontar al personal sea, quien sea… Se le llama la estrategia de las marionetas de los títeres sin cabeza.

¿Dónde estamos? Alguien puede decirme, ¿dónde están las personas? Trato de encontrarlas, pero sólo las veo cuando esperan algo de un igual…

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Mantener la montaña verde es cuestión de tiempo


La montaña verde no resulta ser más que uno de esos refranes que nos traen el fondo en vez de la forma: “mantén la montaña verde y no te preocupes de por dónde saldrá la leña”. El refrán, frase, dicho o verdad como la catedral de Colonia proviene del refranero chino. Del mismo modo se puede decir que si riegas todos los días el jardín, hermosos frutos obtendrás. Tan lejos de esto no queda la noción de destino. Al revés, se encuentra intensamente unido.

El destino no parece ser una determinación en el sentido de que hacer nada o hacer algo es praxis en vano. Lejos nos encontramos de todo esto. El ejemplo más claro. Fijemos un objetivo y para alcanzar el objetivo debemos seguir uno o varios caminos. Si jugamos todas las cartas a un caminos, nos frustraremos. Sin embargo, si le damos la oportunidad a varios caminos alguno de ellos u otro jamás pensado puede que sea el que nos toque. Haciendo el camino, o los caminos en cantidad de ocasiones nos cambia el objetivo, así una y otra vez.

La vida es como un juego donde el azar, la suerte, juegan sus papeles. El jugar con el azar y la suerte son en parte las claves para mantener la montaña verde. Fija tus objetivos pero no tengas miedo a cambiarlos. De este modo, estarás caminando sin pisar las flores que te encuentras al paso.

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En el tiempo en que cuesta imaginar cosas… así lo cuenta el profesor de estética y de teoría de las artes de la UCM, Fernando Rampérez



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En estos tiempos lo preocupante es la falta de huecos, así lo piensa José Luis Pardo, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid



José Luis Pardo/Catedrático de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

La falta de huecos es, por tanto y ante todo, una gran tragedia para cientos de miles de personas en el mundo”

Inquietante, pero al mismo tiempo transmite serenidad; tímido, sin embargo, con gran capacidad de empatizar. Camina por los pasillos de la facultad de Filosofía con sigilo en busca de hacer cada momento lo que es lo suyo. Sabe estar y transmitir esa inquietud interior y exterior que se cuestiona día tras día plasmada en su actividad docente, libros y sus diversos artículos en el País. “Esto no es música” o “La regla del juego: sobre la dificultad de aprender filosofía” con el que consiguió el Premio Nacional de Ensayo en el 2005, son sus libros más conocidos hasta el momento.

Nunca fue tan hermosa la basura” que es la nueva apuesta de José Luis Pardo puede que a algunos lectores ni ideales ni potenciales les deje indiferentes. Sin embargo, lo que está claro es que nos dará a todos al menos la posibilidad (que no es poco) de reflexionar sobre qué espacio podemos ocupar dentro de un mundo, donde se extiende la idea de que habitar en una casa de 30 metros cuadrados, es lo suyo.

¿Qué tipo de rasgos asigna a su lector ideal?

No estoy seguro de tener un lector ideal (¡me conformaría con tener uno real!). Si por “lector ideal” entendemos “aquel a quien me dirijo cuando escribo”, se trata sin duda de un lector que nunca es unidimensional, que varía en el tiempo y en el espacio, que nunca se muestra del todo ni está del todo oculto, que siempre me inquieta tanto como me tranquiliza, que nunca se deja del todo tomar la medida, que me presenta muchos rostros, muchas lenguas, muchos colores de piel y muchos brillos distintos en la mirada, a pesar de ser perfectamente anónimo. Nietzsche decía que quien escribe “busca a los suyos” cada vez que publica un libro; hubo incluso un poeta que citó a todos sus lectores una noche en cierto lugar de París. Yo, desde luego, busco cómplices, aliados, interlocutores que me ayuden a comprender qué es exactamente lo que he escrito, pero el “lector ideal” no debe confundirse nunca con los reales, no deben estorbarse mutuamente. Supongo que pido a estos cómplices potenciales que tengan la paciencia suficiente para acompañarme en un viaje en el cual la travesía importa al menos tanto como la meta, un viaje cuyo principal designio, completamente inseguro, es el de llegar a saber, al final, algo más de lo que se sabía al principio, pero de un saber que no puede convertirse en rentabilidad de ninguna clase. Creo que —soy consciente de que esta expresión es de una vaguedad insultante— busco a un lector que esté interesado en la filosofía. No digo que “sepa” filosofía o que domine su vocabulario técnico (en caso de que lo tenga), sino que esté dispuesto a embarcarse en ella.

Al hilo de uno de sus artículos, llamado Extraños frutos del tiempo, en donde recoge una reflexión sobre la conocida película de Stanley Kubrick La naranja mecánica,que es de algún modo, como explica, un alegato contra el conductismo, se me ocurre preguntarle sobre las conductas políticamente correctas. ¿No se trata también de un tipo de violencia muy presente en nuestros días?

El título de ese artículo me lo sugirió la confluencia del de la novela de Anthony Burgess que Kubrick llevó al cine con el de una impresionante canción de Abel Meeropol que popularizó Billie Holliday, Strange Fruit, referida a los linchamientos de afroamericanos en los Estados Unidos. Si la pregunta quiere ser, como en efecto es, si la “corrección política” me parece una forma de violencia, la respuesta es que puede que lo sea (depende de la lasitud de nuestro concepto de violencia), aunque desde luego no de la clase que satisfaría a Alex (el protagonista de La naranja mecánica) y a sus colegas, quienes sin duda preferirían, puestos a pedir, la violencia de la “incorrección política”, ni de la que hacía colgar frutas extrañas en los álamos del sur profundo cantados por Meeropol. Hasta donde yo llego a comprender el asunto, la corrección política es básicamente una conducta verbal. Tengo a la palabra en mi más elevada consideración, pero no veo cómo problemas que no son verbales podrían resolverse mediante conductas (o cambios de conductas) verbales, a menos que se trate de hacerlos invisibles y no de intentar resolverlos. Si a eso llamamos violencia, sea, porque desde luego se trata de un extraño fruto que cuelga hoy de nuestros árboles públicos.

¿Qué valores positivos “diagnostica” en la sociedad? (Si es que encuentra alguno, claro)

Lo siento, pero a mí el término valor me produce erisipela. Pondré un ejemplo. Hace algunos meses, unos cuantos jóvenes ebrios empezaron a tirar piedras a una comisaría en una localidad cercana a Madrid. Al día siguiente, en tono acusatorio, el Defensor del Pueblo preguntó “¿Dónde están los padres?”, dando a la palabra padres una resonancia que sin duda alguna la hacía significar mucho más que “progenitores” (pues, de hecho, me temo que la mayoría de los progenitores no entraríamos en ese significado). El portavoz de la oposición, por su parte, quiso saber dónde estaba el Ministro del Interior que no mandó inmediatamente a la policía a detener a la muta y a restituir el orden público. Poco después, el gobierno y la oposición, y hasta el mismísimo Defensor del Pueblo (a quien no se volvió a preguntar, por miedo a otra respuesta acusatoria) convinieron en que no era a los padres a quienes había que buscar (no al menos en primer lugar), ni tampoco a las fuerzas y cuerpos de seguridad (algún día alguien tendrá que aclararnos quiénes de estos agentes son fuerzas y quiénes son cuerpos, para que sepamos mejor a qué atenernos), sino a otros elementos mucho más añorados, que de haber estado presentes hubiesen impedido que el orden fuese perturbado y que los padres y los hijos olvidasen sus responsabilidades, y estos elementos son, como se habrá adivinado, los valores, que aquella mañana brillaban lacerantemente por su ausencia en el cielo raso de Madrid. La indigencia moral se manifiesta en que ni siquiera se preguntaba, como en esta pregunta que estoy malamente respondiendo, qué valores había que buscar, sino que simplemente se buscaban “valores”, fueran los que fuesen, porque al parecer no los había de ninguna clase, ni siquiera bursátiles (la cosa coincidió con la crisis financiera, para mayor escarnio). No habiéndoselos encontrado en lugar alguno, se decidió llamar al Ministro de Educación (que no en vano es catedrático de metafísica) para que los buscase, los hallase y finalmente los distribuyese a todos los centros escolares —de ser posible incorporados en los mini-ordenadores portátiles que garantizarán el futuro de nuestra fuerza de trabajo— para que profesores y maestros pudiesen insuflarlos a sus alumnos, ya fuera en la clase de “Educación para la ciudadanía” o en cualquiera otra, dada la transversalidad de estos elementos. Ciertamente, se encontraron los valores. Se repartieron por las escuelas y se insuflaron en las tiernas almas de los pupilos de un modo parecido a como se reparten en ciertos países africanos medicamentos caducados para curar enfermedades de una agresiva gravedad. Pues quienes sostienen y permiten este discurso invocador de valores creen que éstos son, en efecto, entidades metafísicas que nos permiten orientar nuestro entendimiento y nuestra voluntad una vez que son inyectados en nuestro espíritu, sirviendo de firmes criterios para valorar la conducta y para realizar elecciones, de tal modo que de ellos emana una armónica y honestísima forma de vida. Pero esto no es cierto: los valores no valen por sí mismos, no han recibido su valor de ninguna divinidad ni de ninguna mágica transmutación de la facticidad en validez (y por eso, porque esos valores presuntamente insuflados en las escuelas no valen, tendrán el mismo efecto sobre los jóvenes que las medicinas caducadas sobre las pandemias africanas o que los “valores” de las Agencias de Evaluación de la Investigación Universitaria sobre la calidad de nuestros conocimientos superiores); no sólo no es cierto que de los valores puedan emanar milagrosamente valoraciones y formas de vivir, sino que lo único cierto es lo contrario, que es de ciertas formas de vivir que comportan ciertas valoraciones de donde emanan los valores, que son esas formas de vida las que hacen que los valores valgan, y no al revés. Así, donde haya unos padres de los que buscaba D. Enrique Múgica (o sea, de lo que ya no queda por el mundo, de los que mantienen una forma de vida firme y constante en torno a principios inmutables que transmiten a sus hijos de forma práctica y ejemplar, y no mediante adoctrinamiento), que sin duda habrían impedido que sus hijos se condujesen como lo hicieron aquellos niñatos, el Ministro de Educación, el del Interior, el propio Defensor del Pueblo y el líder de la oposición saldrían corriendo a toda carrera, porque adivinarían en ellos a esos padres despóticos que transmiten a sus hijos el fanatismo religioso, que les llenan la cintura de bombas y les meten en autobuses o aviones, que tapan la cabeza o la cara de sus hijas para preservar su sumisión, que obligan a las jóvenes de dieciséis años a tener un hijo que no desean, etc., etc., etc., y eso les incomoda mucho más que unos niñatos tirando piedras contra una comisaría. O sea que cuando se habla de valores hay mucha hipocresía sobre la mesa. Perdón por haberme extendido tanto, pero tenía que contestar por qué no contesto, o contesto de un modo tan raro.

En un mundo tan masificado, ¿Dónde queda la peculiaridad del filósofo?

La pregunta presupone que todos sabemos dónde quedaría “la peculiaridad del filósofo” en un mundo menos masificado que este o nada masificado en absoluto, y esto no es así, al menos en mi caso. Primero, porque no tengo mucha idea de cuál sea “la peculiaridad del filósofo” (de quien se ha dicho alguna vez que es justamente el que carece de peculiaridades, el que no sabe de nada en particular). Segundo, porque si nos tomamos lo de la masificación en un sentido más o menos técnico, sociedades de masas son (entre otras) aquellas en donde se ha producido una mayor extensión de la democracia en el siglo XX, y no creo que otras sociedades menos masificadas (por ejemplo, las que se definían por la escisión entre el vulgo y los nobles) pusieran más fácil el trabajo a la filosofía. El filósofo no suele llevarse muy bien con el pueblo, cuyos defectos le sacan de quicio y al que constantemente critica por sus vicios, pero el pueblo frecuentemente se venga del filósofo condenándole, como mínimo, al ostracismo. Sócrates no se llevaba nada bien con los cómicos, poetas y sofistas de su tiempo, que eran muy populares (y que acabaron buscándole la ruina), pero se pasó prácticamente toda su vida entre ellos; dos mil quinientos años después, Theodor W. Adorno estuvo constantemente criticando la cultura de masas, por la que sentía una repugnancia poco disimulada, pero obviamente no lo hacía a favor de otra cultura “elitista” como la que durante siglos expulsó a las clases trabajadoras de la enseñanza superior, puesto que sabía perfectamente que la única cultura crítica hoy posible es justamente la cultura crítica de la cultura de masas. Las masas en sí mismas podemos ser inquietantes —lo somos, a buen seguro—, pero lo verdaderamente peligroso es la estupidez, la imbecilización, el embrutecimiento programado en el que se nos sumerge, y esa operación tiene responsables con nombres y apellidos, no es cosa de “las masas”.

Curiosamente crea un armazón de pensamiento en torno a la basura en otro de sus artículos titulado nunca fue tan hermosa la basura. ¿Cree que la falta de huecos en la sociedad actual es lo que ralentiza esa conversión y reconversión de la basura en cosa y la cosa de nuevo en basura?

Como dice el tópico, me alegro de que me haga esta pregunta, porque dentro de nada voy a publicar un librito que se titulará así mismo —Nunca fue tan hermosa la basura, precioso verso de Juan Bonilla, en el que se recoge el artículo en cuestión. Pero, respondiendo a la pregunta: por desgracia, no veo que nada ralentice esa conversión (y sí muchas cosas que la aceleran). Por alguna razón siempre me ha obsesionado y sobrecogido un texto de Walter Benjamin que dice así: «Una pobreza totalmente nueva ha caído sobre el hombre al mismo tiempo que este enorme desarrollo de la técnica (…): nuestra pobreza de experiencia forma parte de la gran pobreza, que de nuevo se ha encarnado y ha adquirido un rostro tan exacto y perfilado como el de los mendigos de la Edad Media (…). Sí, confesémoslo: nuestra pobreza de experiencia no se debe solamente a que seamos pobres en experiencias privadas, sino que se trata de la experiencia de la humanidad en general. Es una forma nueva de barbarie».

Creo que esta “nueva pobreza” emparentada con el “enorme desarrollo de la técnica” se materializa hoy en día en el hecho de que vivimos rodeados de basura y de que, ante la absoluta imposibilidad de eliminarla de nuestro entorno, hemos decidido soportarla dándole otro nombre más higiénico o mejor oliente (debe ser lo de la “corrección política” de la que hablamos hace un momento); pero por grande que sea el poder de los nombres, la miseria no deja de serlo aunque se vista de seda. Lo de la “falta de huecos” es una sugerencia de Bauman, cuando afirma en Wasted Lives que no quedan ya en la tierra lugares sociológicamente vacíos, que la tierra está en este momento sociológicamente saturada, que no hay ninguna tierra nueva que descubrir o a la que desplazarse —aunque sea con riesgo— en busca de oportunidades. Esto no es exactamente aquello de lo que se quejaba Ortega y Gasset al principio de La rebelión de las masas, aquello de que en todas partes había mucha gente y de que todo el rato estaba, como dicen en México, engentado. Esto quiere decir más bien que, hoy por hoy, no sabemos cómo deshacernos de las personas que sobran socialmente hablando, pero tampoco sabemos impedir que nuestra sociedad produzca constantemente un número variable de personas sobrantes, de basura humana, si se me perdona la expresión. La falta de huecos es, por tanto y ante todo, una gran tragedia para cientos de miles de personas en el mundo.

Seguimos con su texto anterior en donde recoge un montón de cosas dentro del paquete de basura tales como por ejemplo empresas-basura, matrimonio-basura, comida-basura un sinfín, todo aquello que se pueda imaginar dentro de este cupo. Ahora bien, su idea tal y como la recoge en el texto de que algo que está desde su origen concebido para el reciclaje es algo que está desde su origen concebido como basura. ¿Se puede concebir al ser humano como una basura más? ¿Cuáles son los mecanismos que usted ve que hacen que el hombre se tenga que reciclar a una velocidad relámpago?

No, en efecto, es imposible concebirlo así porque los hombres no nos reciclamos. Nos morimos. Un edificio se puede reciclar relativamente (por ejemplo, los antiguos palacetes convertidos en Paradores Nacionales), pero no absolutamente (me parece difícil imaginar el Monasterio de El Escorial convertido en un Mall o en un McDonald) a menos que se haya concebido ya desde el principio para el reciclaje, en cuyo caso, en efecto, como nunca tuvo ninguna especificidad ni cualidad determinada, puede tenerlas siempre todas y modificarse “ad libitum”. A mi modo de ver, esto es una manera de amargarle la vida a la gente, aunque esto es discutible. Sin embargo, con los hombres no se puede hacer esto nunca del todo. La idea de un reciclaje permanente de la mano de obra es como la idea del hombre-cyborg al que la biotecnología va implantando órganos a medida que los suyos se estropean. Cualquier cosa que nos haga olvidar la finitud nos es siempre muy agradable, pero también es completamente falsa: el hombre, por utilizar la vieja fórmula del Credo de Nicea, es genitum, non factum, y por tanto no se deshace, sino que se muere. Por eso la vida es irreciclable, irrecuperable, irreversible. Lo siento por los técnicos de manipulación de residuos.

La comunicación es una amplia tierra baldía pero se producen entre muchos otros dos fenómenos muy curiosos. Por un lado se tiende hacia una globalización en todos los aspectos y por otro lado a una exaltación de lo local. ¿Cómo es posible que estás dos constantes tan opuestas se produzcan en un mismo espacio y tiempo?

No es tan curioso, si se piensa con cuidado. Cuanto más globales somos, tanto más provincianos y paletos, o sea que no son dos fenómenos, sino uno sólo y el mismo. La razón es la siguiente: lo que llamamos “globalización” es el hecho de que la “información” se comunica desde una punta a otra del planeta en unos pocos segundos. Pero ni los meros datos (que es lo que casi siempre se comunica) pueden llamarse “información”, ni la información puede confundirse con conocimiento (a no ser que hablemos, en ambos casos, de “información-basura” y de “conocimiento-basura”, que es posible). El que, por ejemplo, una imagen —ya sea de un conflicto armado, de una catástrofe natural, de un accidente de tráfico o de un animal salvaje— de Nairobi (¡o de la Luna!) recorra el mundo en cuestión de segundos no quiere decir que nadie entienda lo que ve (pues nada de eso aumenta nuestro conocimiento sobre el género de cosas que pasan en Nairobi o en la Luna); sin embargo, el tener esa imagen “al alcance de los ojos” o de la punta de los dedos crea —casi diríamos que “fuerza”— una asimilación: metemos la imagen en nuestra casa, en nuestro ordenador, en nuestro salón o en nuestro dormitorio, a veces incluso en el bolsillo en el que llevamos nuestro teléfono móvil, es decir, la hacemos nuestra y, con ello, no sólo no la entendemos, sino que dejamos de notar nuestra ignorancia sobre ella (porque la asimilamos a todo lo demás de nuestro entorno inmediato, la confundimos con algo “nuestro”, familiar y bien conocido) y, lo que es aún peor, al negarle a la realidad que la imagen transporta su lejanía, su alteridad, su extrañeza, eliminamos de ella justamente aquello que deberíamos o podríamos conocer a través de ella, o sea, lo que tal realidad tiene de irreductible a nosotros y a nuestra situación, lo que tiene de propio, de peculiar y de específico. De manera que nuestra visión de lo global es cada vez más local, más asimilada y más ignorante. O al menos se arriesga a serlo.

En otro de sus textos titulado mother and child reunion toca entre otros temas el del dolor ¿De qué manera explica la relación que se da entre dolor y resentimiento? Lo curioso de esta época en la que estamos insertos es la tendencia a destruir dioses pero a crear en su puesto titanes endiosados (gigantes políticos, empresas de televisión, drogas que te hacen viajar, mensajes subliminales, falsos profesores, profetas, etc.) ¿Por qué? El miedo al sufrimiento parece también crear otro tipo de resentimiento…

Es un texto que tiene una cierta importancia, porque incluye un documento relevante: la carta que escribe a su propia hija esa madre que, en su adolescencia, protagonizó la canción de Paul McCartney She’s leaving home, que no es cualquier cosa. El dolor es una cosa mala, pero en esencia y por lo que se ve, inevitable en alguna medida. El resentimiento, como muchas otras cosas, se presenta como un remedio a aquello del dolor que resulta más insultante y canallesco: su sinsentido, su inutilidad, su absurdo. Como Nietzsche explicó de modo magistral, el problema empieza exactamente en cuanto queremos darle al dolor un valor (por el mero hecho de ser sufrimiento) y otorgarle un sentido, una finalidad, una utilidad, porque entonces estamos justificando lo que de suyo es injustificable. Y efectivamente, los dioses son una especie de suministradores inagotables de sentido y de valor para el dolor, que exigen en dosis masivas para calmar su cólera. Pero no es raro que, si al destruirlos los sustituimos por titanes, estos últimos estén totalmente endiosados; no es nada raro porque a menudo se nos olvida que los titanes también son dioses, dioses que fueron derrotados en la teogonía originaria, pero no por ello menos inmortales ni menos divinos. Así dicho, sin duda, es abominable que sustituyamos dioses por dioses (aunque sean de pega) o por titanes, o por cualquier cosa que se presente como promesa de librarnos del sufrimiento. Pero, como también preguntaba Nietzsche, ¿estamos en verdad dispuestos a aceptar que el dolor no tiene sentido alguno, que no cabe compensación del sufrimiento porque no se trata de un “medio” para lograr tal o cual fin, sino de un fin en sí mismo?

¿Qué pensador contemporáneo a usted le consigue rescatar del aburrimiento y provocarle una pequeña sonrisa burlona?

A decir verdad, ninguno del gremio al que pertenezco. Si dejamos aparte a los muertos, en los últimos tiempos me han dado muchas más alegrías autores que proceden de la sociología, como Bourdieu, Sennett o Bauman, o de una filosofía no profesionalizada, como Rafael Sánchez Ferlosio, que mis propios colegas. Si incluimos a los muertos (con tal de que sean “contemporáneos”) y hablamos de sonrisas, tendría que mencionar a Cole Porter, una compañía inteligente y siempre amistosa.

¿Forma parte esta entrevista de lo que en uno de sus controvertidos artículos denominó ese inmenso recipiente vacío del contenido social? (puede ser sincero)

En realidad, eso no podemos saberlo, y no sé ni siquiera si depende enteramente de nosotros. En todo caso, si ambos participamos en este juego es porque esperamos que no sea así, al menos no del todo. Otra cosa es que lo consigamos.

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En el tiempo de la vitamina B ¿puede ser de otra manera?


¿Quiere un café? No, no, yo se lo traigo, usted esté bien tranquilo y ¿Un vaso con agua para después del café? en el fondo el reo pensaba en el agua para echarle algún tipo de veneno pero aún debía llevarle a su terreno, después, a saber… 
Se pensarán que tipo de comienzo es este si el de un cuento, una novela, un chiste, una parodia.

Pues no, no lo sé, ni me importa. Lo que sea, será, si le pongo un nombre dejan de pensar en un nombre mejor. Lo que importa es el contenido y no el continente, aunque no estaría mal conocer los contenidos que nos brindan los cinco continentes, y aunque hay algunos que piensan que no hay nada más lejos que su último pelo del cogote.
Pensarán en qué me ha llevado a escribir algo que en apariencia no tiene nombre, pues lo mismo que les lleva a ustedes en estos momentos a querer buscarle un nombre a esto indecible… siempre tenemos que buscar un algo para todo, el halo de misterio nos espanta, nos aturde y ¿cuál es la solución? Piénsenla porque la saben. Que si la saben ¡Cómo nos gusta que nos alaben! ¡Nos laven los zapatos! ¡Nos digan lo guapos que estamos! y saben para qué, para darse la vuelta y decir al de al lado, ese tipo es un cretino. Es así, al menos lo dirán de quien escribe estas palabras porque resulta incómodo escucharlas, leerlas, tápense los oídos, lo que van a escuchar no es plato de gusto para casi ninguno. 
¿Qué les gusta a las gentes de esta sociedad? Que su existencia sea la que genere la nuestra, no que nosotros mismos nos la lleguemos a plantear.

Que pensemos como ellos, como aquellos que tienen el mando, que les demos un pedazo de nosotros, de nuestro ser, palabra tan debatida en las clases de filosofía para llegar finalmente a decir que el hombre, es hombre para la muerte ¡Das Leben zum Toten! No porque nos agarremos a las faldas de alguien vamos a dejar de morir, no, no, no se equivoquen, contra natura no se puede ir, pero contra nuestros principios, si. Y ¿Cómo es esto? Investigación+innovación ¿Cómo? Si les falta decir a los profesores subidos a la palestra que no pienses. La relación espiral se da en toda jerarquía, no quieras nunca superar a tu maestro, ni llegar a su altura porque él siempre será más que tu y el problema es la creencia en tu inferioridad pero ojo, avasalla al de al lado, sé competente. Ésto, el concepto de competencia (al menos en la Ilustración con el concepto de progreso parecían más ingeniosos) la competencia es lo que nos ha enseñado a mirar al otro como a aquel sobre el que debemos poner nuestros peores deseos. ¿Por qué? Dejo que lo mediten. Todo esto no era más que la puesta en escena de unas cuantas dudas metódicas que azotaban en mi cabeza y que por supuesto pensé que ponerlas en común sería lo más útil porque ideas que vayan contra la norma establecida “haberlas, haylas” pero ¿Dónde? Allí, a tu lado, dentro de ti.

Todo esto para decir no lleven café al jefe para agradarle, no toquen las pelotas más de lo debido, no tiren los escritos del otro porque sean mejores que los suyos para que el profesor piense que usted es el listo, no maltraten su cuerpo y su mente, conviértanse en todos unos hombres y mujeres para ser políticamente correctos y dejen los enchufes bien apagados porque sólo de ésta manera nos podremos entender. ¿Entienden? Vitamin B es el que lleva el café y es el actual secretario del Gobierno, no voy a decir de qué Gobierno se trata, tal vez, de su gobierno interior.


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La hipocresía inunda los tiempos del siglo XXI


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Uno de los insultos más graves y más penosos que le pueden llamar a uno es el de hipócrita. Sin embargo, el mundo está repleto de estos mismos seres que aún sin tener personalidad gozan de aparentar que la tienen cuando no son más que muñecos guiados y manipulados por otros. Pero lo peor no radica en la forma o en la descripción del hipócrita sino en su forma de actuar. Son políticamente correctos en formas y eso es lo que les hace ser ante esta sociedad también caracterizada por su falsedad como buenas personas, personas que gozan de un buen comportamiento.

Vivimos en el mundo de las apariencias y estamos muy lejos de alcanzar la idea platónica y sin ser idea platónica estamos lejos de alcanzar un ajuste entre lo que somos y lo que espera la sociedad que seamos. Se crean rebaños y más rebaños, las mentes se comen unas a otras y se forma una unidad monstruosa que sólo sirve para destrozar las mentes que no quieren adherirse a este sistema hipócrita y falso y lo peor si dejas de ser hipócrita y falso ya estas loco o tienes alguna clase de trastorno que lo menos que necesita es ayuda psicológica… cuando uno necesita ayuda psicológica debe de ir al psicólogo, cuando uno necesita desapegarse de sus padres y pensar con sus pocos o muchos dedos de frente debe de hacerlo, cuando uno tiene amigos (algo bastante raro y quien los tenga (yo misma estoy orgullosa de los míos) debe ser consciente de en qué debe hacerlos caso y en qué momentos no.

Vuelvo a repetir como en la anterior entrada, nadie tiene el antídoto para saber lo que es verdad y tampoco tiene el antídoto para nadie. Esta sociedad debería seguir aplicando el conocete a tí mismo socrático y el sapere aude kantiano, o aprendemos nosotros mismos a conocer u otros lo harán por nosotros y siempre seguiremos en la hipocresía de la caverna platónica. La luz que tenemos que ver por nosotros mismos es dura de alcanzar, es mejor que el de al lado nos proporcione su antorcha y lo peor de todo que encima nos queme. Busquen su camino, no el de la felicidad que esta historia ya la dejo muy clara Aristóteles en la Ética a Nicómaco que ni al final de una vida sabe uno si ha alcanzado la felicidad o no. Investigen donde está su yo sin preguntarse por quién se es, sino por lo que se hace.

El yo fue un invento de los griegos y de ahí, el ser tan hipócrita del yo, yo y yo ¿qué? no se quejen. Manden fuera lo que perturbe su acción.

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En los tiempos de la “verdad”


el ojo egipcio

¿Qué nos queda en los momentos de dolor? pensar en que el dolor ha de erradicarse  y para ello se ha de ser frío y a la vez no perder la serenidad. Serenidad perdida muchas veces por las formas de expresarnos y mostrarnos ante los demás por las reacciones de estos mismos. Sin embargo, hay algo más de fondo aunque en un primer golpe de vista solo podamos ver la forma.

¿Qué hay detrás de todo aquello que parece ser pero que al mismo tiempo no es? es curioso como los sentidos, las palabras, nuestras expresiones nos juegan malas  pasadas y al mismo tiempo nos ofrecen el vehículo perfecto para saber que no nos estamos equivocando. Que nuestro sentido sentimiento no va acompañado de la forma expresada pero que ahí, debajo de todo se está fraguando un algo, un ser, un todo y no una nada como solemos pensar casi siempre.

Pero nada es para siempre ya que de algún modo nadie nos dice que mañana la cosas dejen de ser lo que eran para convertirse en otras.  ¿Tenemos siempre la firmeza de que todo es como pensamos? ¿creemos saber lo que creémos? o tal vez simplemente queramos creer que tenemos la verdad sobre la mano y que por eso tenemos el derecho de arrebatar a las estrellas el poder y la dulzura de alumbrarnos cada noche sin darnos cuenta.

No sé si eran los pitagóricos los que hablaban de la música de las esferas. Esto quiere decir que la música está pero que no la podemos percibir. Tal vez la verdad o lo que llaman verdad esté en algún lado pero nunca estará esa verdad en la mano de nadie y menos de los seres humanos más imperfectos que perfectos. Si un camino no nos lleva a Roma, habrá que cambiar no de transporte sino de plano o lo que es lo mismo, de perspectiva tal vez estemos mirando al norte cuando debiéramos mirar al sur o a la inversa… miren todos los puntos de vista y esto, sí es un consejo.

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