El cambio del tiempo y del espacio en los que actúan y en los que ven


Un año más y por las mismas fechas, la última semana del mes de Mayo tiene lugar uno de los acontecimientos culturales más importantes de la ciudad en la que nací y que ahora debo decir, la ciudad que me dio el ser pero que a la vez añoro siendo. Hablo de la ciudad castellana de Valladolid y que forma parte de la región de Castilla y León para quien no lo sepa y no quiero hacer de menos a nadie.

Pero mi cometido no es hablar de peleas por espacios y en sus distintos tiempos o etapas de la historia. Hablo del Festival de Teatro de Calle de Valladolid conocido también como el TAC y que este año celebró su Novena Edición.

Este año en el dibujo del cartel no aparecía un paraguas lo cual me da que pensar si fue una premonición de las terribles trompas de agua que hundieron a objetos que estaban por la calle en la pasada Edición, personas que caminaban y actores que se quedaron siendo meros espectadores o turistas. No, este año no había paraguas pero el paraguas seguía de la mano de todos y bajo sus paraguas desfilaron sus mejores actores, el público espectador.

No me voy a dedicar a describir como meras diapositivas de arte lo que cada compañía trajo al Festival o como meras reseñas cinematográficas lo que allí aconteció y es sólo por una razón: “el ver para creer”. Con estas palabras animo a los que de algún modo no saben que existe el Festival a que se acerquen y para otros que lo ignoran o lo quieren ignorar a posta les invito a que pongan algo de voluntad en contemplar tan solo las calles de la ciudad que habitan o bien esa ciudad en la que unos días las calles a pesar de parecer el orden hecho presencia, se descubre en su esencia un orden inimaginable.

Lo dicho, hablo de un fenómeno o tampoco se puede hablar de él, pero lo que si que trato de describir es un conjunto de actuaciones y no el de una sola pieza como lo puede ser una pieza de danza, de música, de teatro, de teatro de calle, multimedia…

Así, estábamos todos, colocados en hilera, unas veces nos colocábamos de manera frontal al modo del teatro clásico. En otros momentos rodeábamos a los actores y a los espectadores y en otras ocasiones perseguíamos a los actores y a las gentes que por las calles furrulaban.

Lo que más me llama la atención del festival en general son aquellos que ven, sin ver y los que oyen sin querer oír. La mezcla de improvisación, de risas e incluso de llantos. La improvisación llevada al clímax y esto sólo se manifiesta en su grado más alto en la lluvia, o más bien en las condiciones climatológicas que acompañen al festival. Esta claro que el tiempo climatológico también aporta su grano de arena.

Lo que más me sorprende del teatro de calle es que se aleja de la separación estricta como si de un juez y de un juzgado se tratara. La calle se convierte en un escenario plano donde no hay escalones, es la igualdad tanto deseada y tan poco real. Es el juego conjunto de las manos que se dan y se separan, el cruce de miradas a un mismo nivel, el roce de cuerpos de los que por allí pasean y hasta del que nos hace creer que es otro en sí mismo, el actor.

El recuerdo del final de cada Edición de teatro de calle me recuerda a las Tragedias, al modo una tragedia interior, la que se siente al saber que se termina pero que otro ciclo nuevo esta por llegar. Hasta el TAC 2009.

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