En estos tiempos lo preocupante es la falta de huecos, así lo piensa José Luis Pardo, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid



José Luis Pardo/Catedrático de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

La falta de huecos es, por tanto y ante todo, una gran tragedia para cientos de miles de personas en el mundo”

Inquietante, pero al mismo tiempo transmite serenidad; tímido, sin embargo, con gran capacidad de empatizar. Camina por los pasillos de la facultad de Filosofía con sigilo en busca de hacer cada momento lo que es lo suyo. Sabe estar y transmitir esa inquietud interior y exterior que se cuestiona día tras día plasmada en su actividad docente, libros y sus diversos artículos en el País. “Esto no es música” o “La regla del juego: sobre la dificultad de aprender filosofía” con el que consiguió el Premio Nacional de Ensayo en el 2005, son sus libros más conocidos hasta el momento.

Nunca fue tan hermosa la basura” que es la nueva apuesta de José Luis Pardo puede que a algunos lectores ni ideales ni potenciales les deje indiferentes. Sin embargo, lo que está claro es que nos dará a todos al menos la posibilidad (que no es poco) de reflexionar sobre qué espacio podemos ocupar dentro de un mundo, donde se extiende la idea de que habitar en una casa de 30 metros cuadrados, es lo suyo.

¿Qué tipo de rasgos asigna a su lector ideal?

No estoy seguro de tener un lector ideal (¡me conformaría con tener uno real!). Si por “lector ideal” entendemos “aquel a quien me dirijo cuando escribo”, se trata sin duda de un lector que nunca es unidimensional, que varía en el tiempo y en el espacio, que nunca se muestra del todo ni está del todo oculto, que siempre me inquieta tanto como me tranquiliza, que nunca se deja del todo tomar la medida, que me presenta muchos rostros, muchas lenguas, muchos colores de piel y muchos brillos distintos en la mirada, a pesar de ser perfectamente anónimo. Nietzsche decía que quien escribe “busca a los suyos” cada vez que publica un libro; hubo incluso un poeta que citó a todos sus lectores una noche en cierto lugar de París. Yo, desde luego, busco cómplices, aliados, interlocutores que me ayuden a comprender qué es exactamente lo que he escrito, pero el “lector ideal” no debe confundirse nunca con los reales, no deben estorbarse mutuamente. Supongo que pido a estos cómplices potenciales que tengan la paciencia suficiente para acompañarme en un viaje en el cual la travesía importa al menos tanto como la meta, un viaje cuyo principal designio, completamente inseguro, es el de llegar a saber, al final, algo más de lo que se sabía al principio, pero de un saber que no puede convertirse en rentabilidad de ninguna clase. Creo que —soy consciente de que esta expresión es de una vaguedad insultante— busco a un lector que esté interesado en la filosofía. No digo que “sepa” filosofía o que domine su vocabulario técnico (en caso de que lo tenga), sino que esté dispuesto a embarcarse en ella.

Al hilo de uno de sus artículos, llamado Extraños frutos del tiempo, en donde recoge una reflexión sobre la conocida película de Stanley Kubrick La naranja mecánica,que es de algún modo, como explica, un alegato contra el conductismo, se me ocurre preguntarle sobre las conductas políticamente correctas. ¿No se trata también de un tipo de violencia muy presente en nuestros días?

El título de ese artículo me lo sugirió la confluencia del de la novela de Anthony Burgess que Kubrick llevó al cine con el de una impresionante canción de Abel Meeropol que popularizó Billie Holliday, Strange Fruit, referida a los linchamientos de afroamericanos en los Estados Unidos. Si la pregunta quiere ser, como en efecto es, si la “corrección política” me parece una forma de violencia, la respuesta es que puede que lo sea (depende de la lasitud de nuestro concepto de violencia), aunque desde luego no de la clase que satisfaría a Alex (el protagonista de La naranja mecánica) y a sus colegas, quienes sin duda preferirían, puestos a pedir, la violencia de la “incorrección política”, ni de la que hacía colgar frutas extrañas en los álamos del sur profundo cantados por Meeropol. Hasta donde yo llego a comprender el asunto, la corrección política es básicamente una conducta verbal. Tengo a la palabra en mi más elevada consideración, pero no veo cómo problemas que no son verbales podrían resolverse mediante conductas (o cambios de conductas) verbales, a menos que se trate de hacerlos invisibles y no de intentar resolverlos. Si a eso llamamos violencia, sea, porque desde luego se trata de un extraño fruto que cuelga hoy de nuestros árboles públicos.

¿Qué valores positivos “diagnostica” en la sociedad? (Si es que encuentra alguno, claro)

Lo siento, pero a mí el término valor me produce erisipela. Pondré un ejemplo. Hace algunos meses, unos cuantos jóvenes ebrios empezaron a tirar piedras a una comisaría en una localidad cercana a Madrid. Al día siguiente, en tono acusatorio, el Defensor del Pueblo preguntó “¿Dónde están los padres?”, dando a la palabra padres una resonancia que sin duda alguna la hacía significar mucho más que “progenitores” (pues, de hecho, me temo que la mayoría de los progenitores no entraríamos en ese significado). El portavoz de la oposición, por su parte, quiso saber dónde estaba el Ministro del Interior que no mandó inmediatamente a la policía a detener a la muta y a restituir el orden público. Poco después, el gobierno y la oposición, y hasta el mismísimo Defensor del Pueblo (a quien no se volvió a preguntar, por miedo a otra respuesta acusatoria) convinieron en que no era a los padres a quienes había que buscar (no al menos en primer lugar), ni tampoco a las fuerzas y cuerpos de seguridad (algún día alguien tendrá que aclararnos quiénes de estos agentes son fuerzas y quiénes son cuerpos, para que sepamos mejor a qué atenernos), sino a otros elementos mucho más añorados, que de haber estado presentes hubiesen impedido que el orden fuese perturbado y que los padres y los hijos olvidasen sus responsabilidades, y estos elementos son, como se habrá adivinado, los valores, que aquella mañana brillaban lacerantemente por su ausencia en el cielo raso de Madrid. La indigencia moral se manifiesta en que ni siquiera se preguntaba, como en esta pregunta que estoy malamente respondiendo, qué valores había que buscar, sino que simplemente se buscaban “valores”, fueran los que fuesen, porque al parecer no los había de ninguna clase, ni siquiera bursátiles (la cosa coincidió con la crisis financiera, para mayor escarnio). No habiéndoselos encontrado en lugar alguno, se decidió llamar al Ministro de Educación (que no en vano es catedrático de metafísica) para que los buscase, los hallase y finalmente los distribuyese a todos los centros escolares —de ser posible incorporados en los mini-ordenadores portátiles que garantizarán el futuro de nuestra fuerza de trabajo— para que profesores y maestros pudiesen insuflarlos a sus alumnos, ya fuera en la clase de “Educación para la ciudadanía” o en cualquiera otra, dada la transversalidad de estos elementos. Ciertamente, se encontraron los valores. Se repartieron por las escuelas y se insuflaron en las tiernas almas de los pupilos de un modo parecido a como se reparten en ciertos países africanos medicamentos caducados para curar enfermedades de una agresiva gravedad. Pues quienes sostienen y permiten este discurso invocador de valores creen que éstos son, en efecto, entidades metafísicas que nos permiten orientar nuestro entendimiento y nuestra voluntad una vez que son inyectados en nuestro espíritu, sirviendo de firmes criterios para valorar la conducta y para realizar elecciones, de tal modo que de ellos emana una armónica y honestísima forma de vida. Pero esto no es cierto: los valores no valen por sí mismos, no han recibido su valor de ninguna divinidad ni de ninguna mágica transmutación de la facticidad en validez (y por eso, porque esos valores presuntamente insuflados en las escuelas no valen, tendrán el mismo efecto sobre los jóvenes que las medicinas caducadas sobre las pandemias africanas o que los “valores” de las Agencias de Evaluación de la Investigación Universitaria sobre la calidad de nuestros conocimientos superiores); no sólo no es cierto que de los valores puedan emanar milagrosamente valoraciones y formas de vivir, sino que lo único cierto es lo contrario, que es de ciertas formas de vivir que comportan ciertas valoraciones de donde emanan los valores, que son esas formas de vida las que hacen que los valores valgan, y no al revés. Así, donde haya unos padres de los que buscaba D. Enrique Múgica (o sea, de lo que ya no queda por el mundo, de los que mantienen una forma de vida firme y constante en torno a principios inmutables que transmiten a sus hijos de forma práctica y ejemplar, y no mediante adoctrinamiento), que sin duda habrían impedido que sus hijos se condujesen como lo hicieron aquellos niñatos, el Ministro de Educación, el del Interior, el propio Defensor del Pueblo y el líder de la oposición saldrían corriendo a toda carrera, porque adivinarían en ellos a esos padres despóticos que transmiten a sus hijos el fanatismo religioso, que les llenan la cintura de bombas y les meten en autobuses o aviones, que tapan la cabeza o la cara de sus hijas para preservar su sumisión, que obligan a las jóvenes de dieciséis años a tener un hijo que no desean, etc., etc., etc., y eso les incomoda mucho más que unos niñatos tirando piedras contra una comisaría. O sea que cuando se habla de valores hay mucha hipocresía sobre la mesa. Perdón por haberme extendido tanto, pero tenía que contestar por qué no contesto, o contesto de un modo tan raro.

En un mundo tan masificado, ¿Dónde queda la peculiaridad del filósofo?

La pregunta presupone que todos sabemos dónde quedaría “la peculiaridad del filósofo” en un mundo menos masificado que este o nada masificado en absoluto, y esto no es así, al menos en mi caso. Primero, porque no tengo mucha idea de cuál sea “la peculiaridad del filósofo” (de quien se ha dicho alguna vez que es justamente el que carece de peculiaridades, el que no sabe de nada en particular). Segundo, porque si nos tomamos lo de la masificación en un sentido más o menos técnico, sociedades de masas son (entre otras) aquellas en donde se ha producido una mayor extensión de la democracia en el siglo XX, y no creo que otras sociedades menos masificadas (por ejemplo, las que se definían por la escisión entre el vulgo y los nobles) pusieran más fácil el trabajo a la filosofía. El filósofo no suele llevarse muy bien con el pueblo, cuyos defectos le sacan de quicio y al que constantemente critica por sus vicios, pero el pueblo frecuentemente se venga del filósofo condenándole, como mínimo, al ostracismo. Sócrates no se llevaba nada bien con los cómicos, poetas y sofistas de su tiempo, que eran muy populares (y que acabaron buscándole la ruina), pero se pasó prácticamente toda su vida entre ellos; dos mil quinientos años después, Theodor W. Adorno estuvo constantemente criticando la cultura de masas, por la que sentía una repugnancia poco disimulada, pero obviamente no lo hacía a favor de otra cultura “elitista” como la que durante siglos expulsó a las clases trabajadoras de la enseñanza superior, puesto que sabía perfectamente que la única cultura crítica hoy posible es justamente la cultura crítica de la cultura de masas. Las masas en sí mismas podemos ser inquietantes —lo somos, a buen seguro—, pero lo verdaderamente peligroso es la estupidez, la imbecilización, el embrutecimiento programado en el que se nos sumerge, y esa operación tiene responsables con nombres y apellidos, no es cosa de “las masas”.

Curiosamente crea un armazón de pensamiento en torno a la basura en otro de sus artículos titulado nunca fue tan hermosa la basura. ¿Cree que la falta de huecos en la sociedad actual es lo que ralentiza esa conversión y reconversión de la basura en cosa y la cosa de nuevo en basura?

Como dice el tópico, me alegro de que me haga esta pregunta, porque dentro de nada voy a publicar un librito que se titulará así mismo —Nunca fue tan hermosa la basura, precioso verso de Juan Bonilla, en el que se recoge el artículo en cuestión. Pero, respondiendo a la pregunta: por desgracia, no veo que nada ralentice esa conversión (y sí muchas cosas que la aceleran). Por alguna razón siempre me ha obsesionado y sobrecogido un texto de Walter Benjamin que dice así: «Una pobreza totalmente nueva ha caído sobre el hombre al mismo tiempo que este enorme desarrollo de la técnica (…): nuestra pobreza de experiencia forma parte de la gran pobreza, que de nuevo se ha encarnado y ha adquirido un rostro tan exacto y perfilado como el de los mendigos de la Edad Media (…). Sí, confesémoslo: nuestra pobreza de experiencia no se debe solamente a que seamos pobres en experiencias privadas, sino que se trata de la experiencia de la humanidad en general. Es una forma nueva de barbarie».

Creo que esta “nueva pobreza” emparentada con el “enorme desarrollo de la técnica” se materializa hoy en día en el hecho de que vivimos rodeados de basura y de que, ante la absoluta imposibilidad de eliminarla de nuestro entorno, hemos decidido soportarla dándole otro nombre más higiénico o mejor oliente (debe ser lo de la “corrección política” de la que hablamos hace un momento); pero por grande que sea el poder de los nombres, la miseria no deja de serlo aunque se vista de seda. Lo de la “falta de huecos” es una sugerencia de Bauman, cuando afirma en Wasted Lives que no quedan ya en la tierra lugares sociológicamente vacíos, que la tierra está en este momento sociológicamente saturada, que no hay ninguna tierra nueva que descubrir o a la que desplazarse —aunque sea con riesgo— en busca de oportunidades. Esto no es exactamente aquello de lo que se quejaba Ortega y Gasset al principio de La rebelión de las masas, aquello de que en todas partes había mucha gente y de que todo el rato estaba, como dicen en México, engentado. Esto quiere decir más bien que, hoy por hoy, no sabemos cómo deshacernos de las personas que sobran socialmente hablando, pero tampoco sabemos impedir que nuestra sociedad produzca constantemente un número variable de personas sobrantes, de basura humana, si se me perdona la expresión. La falta de huecos es, por tanto y ante todo, una gran tragedia para cientos de miles de personas en el mundo.

Seguimos con su texto anterior en donde recoge un montón de cosas dentro del paquete de basura tales como por ejemplo empresas-basura, matrimonio-basura, comida-basura un sinfín, todo aquello que se pueda imaginar dentro de este cupo. Ahora bien, su idea tal y como la recoge en el texto de que algo que está desde su origen concebido para el reciclaje es algo que está desde su origen concebido como basura. ¿Se puede concebir al ser humano como una basura más? ¿Cuáles son los mecanismos que usted ve que hacen que el hombre se tenga que reciclar a una velocidad relámpago?

No, en efecto, es imposible concebirlo así porque los hombres no nos reciclamos. Nos morimos. Un edificio se puede reciclar relativamente (por ejemplo, los antiguos palacetes convertidos en Paradores Nacionales), pero no absolutamente (me parece difícil imaginar el Monasterio de El Escorial convertido en un Mall o en un McDonald) a menos que se haya concebido ya desde el principio para el reciclaje, en cuyo caso, en efecto, como nunca tuvo ninguna especificidad ni cualidad determinada, puede tenerlas siempre todas y modificarse “ad libitum”. A mi modo de ver, esto es una manera de amargarle la vida a la gente, aunque esto es discutible. Sin embargo, con los hombres no se puede hacer esto nunca del todo. La idea de un reciclaje permanente de la mano de obra es como la idea del hombre-cyborg al que la biotecnología va implantando órganos a medida que los suyos se estropean. Cualquier cosa que nos haga olvidar la finitud nos es siempre muy agradable, pero también es completamente falsa: el hombre, por utilizar la vieja fórmula del Credo de Nicea, es genitum, non factum, y por tanto no se deshace, sino que se muere. Por eso la vida es irreciclable, irrecuperable, irreversible. Lo siento por los técnicos de manipulación de residuos.

La comunicación es una amplia tierra baldía pero se producen entre muchos otros dos fenómenos muy curiosos. Por un lado se tiende hacia una globalización en todos los aspectos y por otro lado a una exaltación de lo local. ¿Cómo es posible que estás dos constantes tan opuestas se produzcan en un mismo espacio y tiempo?

No es tan curioso, si se piensa con cuidado. Cuanto más globales somos, tanto más provincianos y paletos, o sea que no son dos fenómenos, sino uno sólo y el mismo. La razón es la siguiente: lo que llamamos “globalización” es el hecho de que la “información” se comunica desde una punta a otra del planeta en unos pocos segundos. Pero ni los meros datos (que es lo que casi siempre se comunica) pueden llamarse “información”, ni la información puede confundirse con conocimiento (a no ser que hablemos, en ambos casos, de “información-basura” y de “conocimiento-basura”, que es posible). El que, por ejemplo, una imagen —ya sea de un conflicto armado, de una catástrofe natural, de un accidente de tráfico o de un animal salvaje— de Nairobi (¡o de la Luna!) recorra el mundo en cuestión de segundos no quiere decir que nadie entienda lo que ve (pues nada de eso aumenta nuestro conocimiento sobre el género de cosas que pasan en Nairobi o en la Luna); sin embargo, el tener esa imagen “al alcance de los ojos” o de la punta de los dedos crea —casi diríamos que “fuerza”— una asimilación: metemos la imagen en nuestra casa, en nuestro ordenador, en nuestro salón o en nuestro dormitorio, a veces incluso en el bolsillo en el que llevamos nuestro teléfono móvil, es decir, la hacemos nuestra y, con ello, no sólo no la entendemos, sino que dejamos de notar nuestra ignorancia sobre ella (porque la asimilamos a todo lo demás de nuestro entorno inmediato, la confundimos con algo “nuestro”, familiar y bien conocido) y, lo que es aún peor, al negarle a la realidad que la imagen transporta su lejanía, su alteridad, su extrañeza, eliminamos de ella justamente aquello que deberíamos o podríamos conocer a través de ella, o sea, lo que tal realidad tiene de irreductible a nosotros y a nuestra situación, lo que tiene de propio, de peculiar y de específico. De manera que nuestra visión de lo global es cada vez más local, más asimilada y más ignorante. O al menos se arriesga a serlo.

En otro de sus textos titulado mother and child reunion toca entre otros temas el del dolor ¿De qué manera explica la relación que se da entre dolor y resentimiento? Lo curioso de esta época en la que estamos insertos es la tendencia a destruir dioses pero a crear en su puesto titanes endiosados (gigantes políticos, empresas de televisión, drogas que te hacen viajar, mensajes subliminales, falsos profesores, profetas, etc.) ¿Por qué? El miedo al sufrimiento parece también crear otro tipo de resentimiento…

Es un texto que tiene una cierta importancia, porque incluye un documento relevante: la carta que escribe a su propia hija esa madre que, en su adolescencia, protagonizó la canción de Paul McCartney She’s leaving home, que no es cualquier cosa. El dolor es una cosa mala, pero en esencia y por lo que se ve, inevitable en alguna medida. El resentimiento, como muchas otras cosas, se presenta como un remedio a aquello del dolor que resulta más insultante y canallesco: su sinsentido, su inutilidad, su absurdo. Como Nietzsche explicó de modo magistral, el problema empieza exactamente en cuanto queremos darle al dolor un valor (por el mero hecho de ser sufrimiento) y otorgarle un sentido, una finalidad, una utilidad, porque entonces estamos justificando lo que de suyo es injustificable. Y efectivamente, los dioses son una especie de suministradores inagotables de sentido y de valor para el dolor, que exigen en dosis masivas para calmar su cólera. Pero no es raro que, si al destruirlos los sustituimos por titanes, estos últimos estén totalmente endiosados; no es nada raro porque a menudo se nos olvida que los titanes también son dioses, dioses que fueron derrotados en la teogonía originaria, pero no por ello menos inmortales ni menos divinos. Así dicho, sin duda, es abominable que sustituyamos dioses por dioses (aunque sean de pega) o por titanes, o por cualquier cosa que se presente como promesa de librarnos del sufrimiento. Pero, como también preguntaba Nietzsche, ¿estamos en verdad dispuestos a aceptar que el dolor no tiene sentido alguno, que no cabe compensación del sufrimiento porque no se trata de un “medio” para lograr tal o cual fin, sino de un fin en sí mismo?

¿Qué pensador contemporáneo a usted le consigue rescatar del aburrimiento y provocarle una pequeña sonrisa burlona?

A decir verdad, ninguno del gremio al que pertenezco. Si dejamos aparte a los muertos, en los últimos tiempos me han dado muchas más alegrías autores que proceden de la sociología, como Bourdieu, Sennett o Bauman, o de una filosofía no profesionalizada, como Rafael Sánchez Ferlosio, que mis propios colegas. Si incluimos a los muertos (con tal de que sean “contemporáneos”) y hablamos de sonrisas, tendría que mencionar a Cole Porter, una compañía inteligente y siempre amistosa.

¿Forma parte esta entrevista de lo que en uno de sus controvertidos artículos denominó ese inmenso recipiente vacío del contenido social? (puede ser sincero)

En realidad, eso no podemos saberlo, y no sé ni siquiera si depende enteramente de nosotros. En todo caso, si ambos participamos en este juego es porque esperamos que no sea así, al menos no del todo. Otra cosa es que lo consigamos.

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Categorías: Tiempo | 3 comentarios

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3 pensamientos en “En estos tiempos lo preocupante es la falta de huecos, así lo piensa José Luis Pardo, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

  1. Qué lúcido! Me ha encantado! Gracias por compartirlo! Qué pena que a este tipo de personas se les escuche tan poco…

  2. Anónimo

    Gracias a ti por molestarte en leerlo, la verdad que has utilizado una gran palabra, lúcido!

  3. Este hombre es seguramente el mayor especialista en Deleuzee q tenemos en España (autor importante en estos dias q corren) y sin embargo apenas se prodiga en los medios …. una pena

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